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La existencia de un destino del que no podemos escapar, igual que la del suicidio como salida posible, son ideas que, en el fondo, me resultan liberadoras.
Según he ido creciendo, cuando me he encontrado con antiguos amigos y compañeros del colegio ejerciendo de adultos (de médicos, enfermeros, abogadas, barrenderas, dependientes de tienda, profesores...) siempre he tenido la sensación de estar jugando, como cuando éramos niños. La sensación de que la vida es, al final, como jugar a las casitas.
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He cogido un libro en su casa dedicado con un "Te quiero" del cual yo no era la destinataria. Un "Te quiero" escrito hace años, cuando mis "Te quieros" también tenían otro destinatario distinto de él.
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La vida no deja de ser eso, un juego en el que cada uno va cambiando de papel. Cuando lo pienso, cuando lo veo así, entonces todo se vuelve leve, liviano, ya nada es tan grave como para hacerme llorar.
La vuelta al trabajo ha sido dura: madrugones a las 5 y media de la mañana, jornadas laborales de más de 10 horas y después, para recuperar lo perdido, una hora de gimnasio (he descubierto el bodycombat y me encanta!!!).
A pesar de lo que pueda parecer, ha sido una semana buena, muy buena. Incluso la ausencia de Cibrán la he vivido de un modo bastante constructivo y nuestra conversación telefónica diaria me ha dejado contenta. Y a él también.
Pero esta semana ha sido, sobre todo, musical.
Ayer descubrí estas dos canciones: señales de la vida.
Y ahora, acabo de descubrir esta otra, que no conocía.
Este año, en unos días, se cumplen seis años desde que me separé del padre de Cibrán.
Él está casado desde hace tiempo. Hasta ahí las coincidencias. El resto, por suerte, no se cumple. Pero me ha hecho gracia al escucharla.
La noche es cálida.
Apago las luces de la cocina y me siento en las escaleras del patio. Solo el run run de la lavadora rompe este silencio extraño. Apenas veo luces en las ventanas vecinas. La luna creciente brilla casi como si fuese llena.
Las plantas han sobrevivido a nuestra ausencia. Supongo que alguna mano maternalmente caritativa ha impedido la catástrofe.
Cibrán ya duerme. Se desplomó sobre la mesa mientras acababa su leche con cereales.
¡Qué envidia de infancia! ¡Qué manera de disfrutarlo todo! ¡Qué placer poder verlo desde aquí!
Se acaban las vacaciones. Tan solo tres días me separan de la vuelta a la oficina y, a pesar de todo, me siento bien, animada, ilusionada ante el reto de continuar.
Hemos dejado la playa, el sol, el mar a primera hora de la mañana: la ilusión de mi vida. Y volvemos a casa, con energías renovadas, con amores renovados, con pasión.
Lo bueno de estar rodeada de gente que te quiere es que se preocupan por ti, piensan en ti y, cuando tú estás atorada, son capaces de encontrar soluciones y mostrártelas. Así de fácil.
El domingo nos reunimos, casi todos, en casa de mis padres.
Tras años de darle vueltas a lo mismo, de soñar una y otra vez, de planteármelo sabiendo que no sería capaz, mi hermano B me lo dejó claro:
"Tu no vas a sacarte una oposición en tu vida. Deja de pensar en eso."
¡Por fin!
Es cierto, no estoy dispuesta a ese sacrificio, a prescindir de mi vida y, sobre todo de Cibrán, durante el tiempo necesario y suficiente. No estoy dispuesta a no tener tiempo libre, a no pensar en nada más que en estudiar. No lo estoy.
Ayer por la noche me llamó mi prima S: "Olvídate de tus debilidades, centrémonos en tus fortalezas y después, cuando te desbloquees, ya nos ocuparemos de arreglar eso."
¿Qué es lo que más me interesa? Las personas.
¿Qué es lo que le da sentido a mi vida? Sentirme útil.
¿Qué sé hacer? Organizar.
Pues creo que he encontrado un camino posible.
Y esta mañana, yendo a trabajar, ha sonado esta canción:
En menos de una semana estaré de vacaciones.
Este año, la llegada tan tardía del sol y del calor ha hecho que apenas tenga sensación de verano, a pesar de que hemos ido a la playa, nos hemos bañado y estamos sudando de lo lindo.
La casa, desde el robo, cerrada a cal y canto. Qué pena...
Llegarán las vacaciones y por fin podremos dormir a pierna suelta. Iremos a andar en bici por las mañanas y desayunaremos en el patio, si el tiempo acompaña.
Y volveremos a Vicedo...
El verano me gusta, a pesar de que soy persona de invierno.
Un amigo y yo, hace años, sacamos la teoría de que las personas se dividen entre verano e invierno. A mí, claramente, me tocó ser invierno. Pero me gusta el calor, la playa, el crujir de la arena en el suelo de la cocina y del baño, los restos de salitre en la piel reseca por el sol. Y los ojos de Cibrán, enrojecidos de tanta agua.
Pero este verano es raro, incierto. Algo así como un trampolín que me lanzará a un espacio desconocido.
No es cierto que el que la hace la paga. No es verdad. Y conforme avanza la vida, mi vida, encuentro más casos que lo confirman.
No es verdad que el tiempo ponga a cada cual en su sitio, ni que uno recoge lo que siembra. A veces se cumple, pero solo a veces.
Lo que sí creo es que lo que no mata engorda y que el sufrimiento o te destruye o te hace más fuerte. Por eso, cuando sufro, me reconforta pensar que ese sufrimiento me mejora, que de ese dolor saldré fortalecida, en lugar de consolarme pensando que el causante de mi mal acabará sufriendo como yo.
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El miércoles, mientras celebraba la despedida de un compañero de trabajo (a las 7 de la tarde), alguien entró en nuestra casa y se llevó mi ordenador.
Lo peor de todo, además de la desagradable sensación de que un intruso viole tu intimidad, es la pérdida de la historia fotográfica de Cibrán.
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Dentro de un año, me gustaría verme.