Y resulta que yo, la sensación que tengo (y que me temo se aproxima bastante a la realidad, por lo que he podido comprobar) es la de que mi amigo está muy, muy lejos, en un lugar casi inaccesible, desértico, difícil de vivir y de sobrevivir. Y me consta que el día a día es duro, durísimo, para los foráneos y para los autóctonos (mucho más, seguramente, para estos últimos).
Y resulta que hace unas semanas me sorprendí cuando, utilizando el skype, pude hablar con él como quien habla con la vecina de abajo o con un amigo que vive a dos manzanas de distancia.
Y resulta que no salgo de mi asombro cuando hoy, tras enviar un mensaje comunitario a los miembros del grupo de amigos al cual él pertenece (y de los cuales, excluyéndolo, el que más lejos vive, lo hace en Barcelona), la primera respuesta (y única) que recibo es la suya. Y le contesto y me responde a los 7 minutos. Y vuelvo a contestar y esta vez tarda un minuto más.
¿Ustedes saben bien dónde está Sudán?
Si todo lo bueno avanzase a la misma velocidad...
