A veces tengo la sensación de que la vida me sobra.
Depresión, supongo. Algo químico. Dicen que, al final, todo es química. E
intento agarrarme a este argumento, mirarme para dentro (como de niña, cuando
deseaba ser tripa), y ver los fluidos moviéndose por el cuerpo, la acción de
las moléculas activando y desactivando terminales nerviosos.
Como consuelo es bastante pobre.
Cuando lo sientes físicamente, el golpeteo seco en la boca
del estómago, es difícil creer que no se deba a algo más.
Caigo en mi propia trampa. ¿Qué sentido tiene vivir más allá
de amar? ¿Qué me puede llevar a levantarme cada día, lavarme, alimentarme,
trabajar?
Recuerdo que hubo un momento en mi vida (lo recuerdo muy
bien, estaba en la ducha, muy temprano, en aquel primer piso que fue casa
común, en el inicio de lo que creí que sería el resto de mi vida) en el que
tuve la sensación de que mi trabajo podía cubrirlo casi todo. Me gustaba lo que
hacía, me sentía útil y sabía hacerlo bien.
Pero nunca más he vuelto a sentirlo. Y envidio a los que son capaces de
enfrascarse en la rutina diaria, en la mesa, en la silla, en el despacho...
Yo solo deseo que se acabe cuanto antes para poder salir corriendo.